La artrosis es una enfermedad degenerativa que afecta a las articulaciones. Consiste en el desgaste paulatino del cartílago de la articulación y puede aparecer en cualquier zona del cuerpo, incluyendo el pie. El cartílago es una especie de manta protectora que cubre los extremos de los huesos y su deterioro depende de algunos factores, además del tiempo y la edad.
Este desgaste progresivo favorecido por el uso de la articulación y la edad puede generar dolor e incluso puede derivar en invalidez, aunque no siempre es así. La artrosis está considerada como una enfermedad crónica y no hay cura posible, aunque sí se puede llegar a controlar y existen progresos óptimos con el tratamiento adecuado.
Causas y síntomas de la artrosis de pie
El desarrollo de la artrosis puede deberse a ciertos factores como son la obesidad, la edad o incluso la genética, aunque el uso reiterado de las articulaciones como consecuencia de una profesión determinada o un esfuerzo prolongado es lo que lleva a que se produzca un desgaste de la articulación y la pérdida o disminución de cartílago.
Las personas que tienen pies cavos o pies planos tienen más posibilidades de sufrir artrosis de pie. Simples fracturas, torceduras o esguinces mal curados pueden causar artrosis, incluso la enfermedad puede aparecer años después de haber sufrido la lesión o accidente. La estructura anómala del pie, así como una alteración en la marcha o en la pisada también pueden contribuir a su aparición.
Los síntomas de la artrosis de pies son varios. Los más habituales tienen que ver con la rigidez del miembro, dolor, hinchazón, dificultad para andar o capacidad de movimiento limitada, así como los llamados espolones o prominencias óseas. El médico debe hacer un examen exhaustivo en busca de estos y otros factores a través de una exploración física, resonancias magnéticas o rayos X, incluso un estudio de la marcha resulta efectivo para determinar su alcance.
Principales tratamientos para la artrosis de pie
Es muy importante llegar a un diagnóstico temprano para que los pacientes puedan controlar de manera más efectiva los síntomas de su enfermedad a través de un tratamiento efectivo. Para ello es necesario responder a una serie de preguntas importantes que ayudarán al médico a establecer su diagnóstico final. Preguntas relacionadas con el momento en el que empezó el dolor, si se trata de un dolor intermitente o continuo, si los síntomas se agudizan al caminar o en la noche, o si se ha producido alguna lesión en el pie y la forma en la que fue tratada.
Una vez el médico haya determinado el alcance y formulado su diagnóstico, se establecerá cual es el mejor tratamiento posible. Los más habituales son los siguientes: analgésicos o antiinflamatorios para disminuir la hinchazón y aliviar el dolor, zapatos o plantillas ortopédicas, amortiguaciones o soportes adicionales para incluirlos en el calzado, medicación antiinflamatoria inyectada directamente sobre la articulación o ejercicios continuos para mejorar la estabilidad y aumentar el rango limitado de movimientos.
Esto en cuanto a tratamientos no quirúrgicos se refiere, pues, de otro modo, la cirugía es otro medio alternativo para mejorar la articulación afectada y aliviar el dolor: artroplastia o sustitución de la articulación, artrodesis o anclaje de la articulación con prótesis o artroscopia o visualización de la articulación.